Aquella mañana del 14 de mayo de 2021, partimos hacia El Salvador. Íbamos mi papá, mi hermana, mi hermano y yo en la vieja camioneta. El viaje se hizo largo, pero ya estábamos en la frontera entre El Salvador y Honduras, donde se encontraba el cerro. Era un lugar montañoso con una arboleda amplia.
Llegamos y partimos caminando hacia la cima del Cerro El Pital, el punto más alto de El Salvador. Caminamos un buen rato y pasamos por lugares de bosques, planicies, vimos animales como ardillas, venados, mapaches, aves y más. Cruzamos ríos, vimos cabañas y casas, y finalmente llegamos al lugar de hospedaje para pasar la noche y seguir caminando al día siguiente.
A la mañana siguiente, partimos y en este tramo pasamos por lugares empinados; tuvimos que escalar.
En ese momento, escuché un grito. Miré hacia atrás y vi que mi hermana, Martina, se había resbalado y caído. Resbaló por un tobogán natural de piedra y la perdimos de vista. No sabíamos qué hacer, no sabíamos adónde llevaba ese tobogán, pero teníamos que ir a buscar a Martu.
Nos decidimos y fuimos. Nos tiramos por el tobogán, lento y seguro.
Después de resbalar unos treinta segundos, llegamos a una cueva muy oscura. Gritamos: "¡Martu! ¡Martu!" No respondía nadie. Nos adentramos; era bastante grande, no llegábamos a ver el fondo. De repente, se empezó a ver una luz; era una mina abandonada.
En ese momento, nos quedamos atónitos, pero avanzamos sin decir nada. Nos detuvimos y gritamos de nuevo: "¡Martu! ¡Martu!" Nadie respondió. Seguimos y vimos otra luz, pero era la luz del sol. La seguimos y había una salida al exterior.
Ahí estaba Martu. Era un paisaje increíble, el punto perfecto. Martu se había quedado ahí unos diez minutos mirando. Nos aliviamos todos, nos abrazamos y contemplamos.
Siguiendo el rumbo, llegamos al punto más alto de El Salvador. Estábamos arriba de las nubes; era increíble.

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