Hace unos meses me fui de viaje a Guatemala, a Panajachel, con mi familia: mi padre, madre, hermano y abuelo. El trayecto fue de 6 horas en auto. Al llegar, fuimos al lago Atitlán. Había arena en las orillas y era bastante hondo, con piedras grandes en las que podías recostarte para tomar el sol o descansar. También había unas cascadas que generaban una fuerte corriente.
Al ver este lugar, mi hermano y yo decidimos ir a nadar. Hicimos una carrera, poniendo como meta una piedra distante. Ambos nadamos veloces, queriendo ganar, pero él fue más rápido. Estando a unos segundos de llegar, vi a mi hermano saltar y escapar de la meta asustado. Cuando me acerqué, descubrí que la supuesta piedra era en realidad una gran serpiente marina, con colmillos gigantes, una cola larga y una figura corpulenta. Me sorprendí mucho al ver que ese ser era real. Recordé que nuestro abuelo nos había contado la noche anterior sobre la leyenda de "la gran serpiente marina del lago Atitlán".
Ya nos habíamos alejado mucho de la costa, así que nadamos lo más rápido que pudimos hacia unas rocas cercanas. Subí a las piedras, y detrás de mí llegó mi hermano, que estuvo a punto de perder el pie cuando "la gran serpiente marina" intentó zambullirse. Desde allí, podíamos verla dando vueltas a nuestro alrededor, observándonos desde las profundidades.
Intentamos llamar a nuestros padres, pero no nos escuchaban debido a la distancia.
El miedo nos consumía mientras el curioso animal seguía rodeándonos. Conseguimos saltar a unas piedras más cercanas con la esperanza de encontrar ayuda. Sin embargo, nuestros padres se habían ido, no sé a dónde. ¿A comprar algo? Fue entonces cuando una luz iluminó nuestro camino. Al parecer, alguien más había visto a la serpiente marina y llamó a emergencias. Nos rescataron y lograron capturar al depredador.

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