Marea consciente

Es marzo de 2024, por la mañana y estoy posando mis pies descalzos sobre la blanca arena, apreciando la belleza de ese mar que parece ser inofensivo. Lo observo con ansia como cada verano, pero esta vez aún más ya que recientemente aprendí a nadar. Antes de continuar con esto, volvamos un poco atrás. Soy Emanuel San Juan, viajé a Santa Catalina, Panamá, con mis papás. Este es un viaje habitual que hacemos cada verano ya que cada viaje que hemos hecho, este destino siempre fue el favorito y el más calmo. Vinimos en avión, ya que al ser sudamericanos era la única forma de llegar hasta este destino. Lo malo de esto es que nunca me acostumbro a la atmósfera del vuelo y acabo viajando con nausea durante todo el recorrido (lo cual le quita todo el placer a la experiencia de volar). 
Luego de incómodas horas de vómitos y música para calmar un poco mis ánimos. Alrededor de las 6 am, nuestro vuelo llegó a tierra. Estiramos un poco las piernas para, posteriormente, tomar un taxi y dirigirnos a nuestro hotel llamado "Mama Inés". 
Luego de dejar nuestras pertenencias cruzamos la calle y fuimos directo a la playa, con su celeste cielo y mar cristalino. Un paisaje único que te llena el alma de forma positiva. Contemplamos esta postal hermosa durante un rato, para luego recorrer los suburbios en busca de suvenires y regalos para nuestros familiares, también alguna que otra comida al paso, un verdadero manjar a nuestros paladares extranjeros. 
 Por la tarde, ya provistos de protector solar y con nuestros trajes de baño puestos, nos dirigimos a la playa, la arena caliente quema mis pies, pero no es tanta molestia, me agrada, al fin me siento en paz, tuve un año bastante estresante y estas vacaciones son lo que merezco, nada podría salir mal. Camino lentamente hacia el mar, esperando el primer contacto de este con mi piel, paso a paso. El primer choque de una pequeña ola llega a mí, sacándome un pequeño escalofrio debido a lo fría que es el agua, contrastando con el intenso calor que azota mi espalda. 
Sigo hasta sumergirme y disfrutar nadando, mi padre también entra al mar y me propone algo: –Vayamos más para el fondo- dice él, a lo que le contesto:  - pero vos no sabés nadar pa-, claramente no le importó, soltó su típica frase que tanto me molesta a mí y a mi mamá: –Si me muero, no me importa-. Vamos más a fondo en el mar, hasta un punto en el cual el agua nos llega hasta los hombros, golpeando nuestras espaldas con fuerza, como advirtiéndonos que sacamos de su territorio, porque bien se sabe que el mar es totalmente consciente y el decide cuando te permite si entras en el o no. 
De pronto las risas se apagaron, una gran ola se dirige hacia nosotros, arrastrando a mi papá, alejándolo de mí, intento estirar mi brazo para alcanzarlo pero las olas lo alejan, nuestros dedos se rozan débilmente. Por más intento que haga por llegar a él, todo es en vano, mientras más lo sigo, más se aleja y ambos nos vamos alejando de la orilla. 
Él me grita que me vaya, pero lo único que le contesto es que no lo voy a abandonar así. Empiezo a darle indicaciones para que salga a flote y no se siga ahogando con el mar, trata de saltar, pero el agua sigue entrando en sus pulmones, la crisis se apodera de todo mí ser, haciendo que pierda el equilibrio y me sumerja. Al entrar mi cuerpo bajo el agua, dejo de ver el sol, todo se va volviendo progresivamente oscuro hasta que ya no veo ni oigo absolutamente nada, mis pensamientos van pasando de ser vagos a ser totalmente nulos. Mis sentidos desaparecen, solo me duermo lentamente, incapaz de ofrecer lucha a la situación, todo es negro y sé que pronto perderé la consciencia, un último pensamiento brilla en mi mente. 
La imagen de mi madre quedándose sin sus dos personas más apreciadas en este mundo, justo en la misma situación, es lo que me hace luchar de nuevo por vivir una vez más, acompañado de esa convicción repentina, recobro todos mis sentidos y me impulso hacia arriba nuevamente. Con energías renovadas vuelvo a por la idea de socorrer a mi papá, esta vez con más decisión, el confía plenamente en mí, siguiendo las indicaciones que le doy, siempre mirándonos a los ojos. Padre e hijo, en una situación crítica, casi poéticamente, el silencio se hace presente y solo hay fijación entre nosotros dos, yo mirándolo a él y el mirándome a mí, luchando por vivir. 
Tras minutos que parecen haber sido eternos, los guardavidas de la playa se hacen presentes, nadando a toda velocidad en nuestra dirección. Al contemplar esa imagen, siento calma por primera vez, me dejo llevar inconscientemente por mi cuerpo hacia la orilla. Una vez ahí me volteo para poder ver como mi padre es rescatado, pero en el momento que vuelvo sobre mi eje, logro contemplar que mi padre se desmaya en medio del mar y es arrastrado nuevamente por el océano, como si este se negase a dejarlo ir tan fácil. Los gritos y la desesperación se hacen presentes una vez más en la playa. 
Milagrosamente de otros puestos llegan compañeros del primer salvavidas, los cuales sin dudarlo entran a toda velocidad con el fin de ayudarlo. Logran colocarlo entre los tres, dentro de un flotador y finalmente lo traen fuera del agua. Por unos minutos le practican RCP. Finalmente se escucha una leve tos, que nos soltó un suspiro colectivo a todos los presentes. Una vez recobrada la consciencia y la calma, nos dirigimos al hospital “Santa Catalina”, para hacer chequeos generales y quedarnos tranquilos. Pasadas las horas y con el buen visto médico, salimos de ese lugar para retomar nuestra jornada turística, esta vez sin más sobresaltos. 
Nuestra estadía mejoró luego de esa situación, disfrutamos, reímos, disfrutamos comidas deliciosas en “El Encuentro” un restaurant bastante popular de aquí, eso sí, al mar solo lo veíamos de lejos después de todo, jaja. 
Emmanuel San Juan - 2do A

Comentarios