Un susto en la playa

 Tengo 7 años y estoy de viaje con mi papá y mi mamá. Decidimos ir a Costa Rica, a Playa Limón. Llegamos y alquilamos un lugar para dormir. Al día siguiente, partimos hacia algunos lugares turísticos para pasarla bien, comer y conversar.

Cuando llevábamos un rato en esos lugares, me doy cuenta de la intensidad y el calor del sol. Mis papás sugieren ir a la playa, y yo decido ir con ellos. Llegamos.

Al estar en la playa, apenas empiezo a caminar, siento la arena pegajosa y caliente, que se adhiere a mis pies. Le pregunto a mis papás si puedo entrar al agua y, aunque con algo de duda, me dicen que puedo ir.

Cuando llego a la orilla, el agua se ve transparente, clara, pura y divertida. Voy entrando poco a poco, sintiendo que lo controlo, pero pronto la fuerza del agua me arrastra más adentro. Trato de abrir los ojos, pero el problema es que veo todo borroso. Cada vez estoy más nervioso y con miedo. Además, no puedo respirar bien, y la presión del agua no me deja moverme.

Hasta que mis papás me ayudan a salir; más bien, me sacan, porque yo no podía hacerlo solo. Cuando me sacan, estoy temblando y muy asustado. Mis padres me ayudan a tranquilizarme, y me siento mejor después de unos minutos comiendo un helado.

Después de reunir valor, les digo a mis padres que me dejen volver a intentarlo. Con más confianza, vuelvo a la orilla y entro poco a poco, mucho más tranquilo que la primera vez. Esta vez logro nadar, y me adentro cada vez más, hasta unos 20-25 metros.

Al hacerlo, me siento realizado, feliz, exaltado y lleno de adrenalina. Después de un tiempo en el agua, noto cómo algo se mueve y me roza ligeramente. Me sumerjo para ver qué es y, por primera vez, logro ver debajo del agua, pero lo que veo no me gusta para nada.

Era un tiburón blanco, muy grande, con colmillos aparentemente filosos. Me asusto y doy un grito ahogado debajo del agua. Subo a la superficie, y el tiburón empieza a rodearme rápidamente.

Mi objetivo es volver a la orilla, pero no sé si tendré la velocidad suficiente para llegar. Empiezo a pensar que el tiburón me va a comer. Cuando dirijo la mirada hacia la playa, veo a mis papás gritándome que nade muy rápido. Entonces, lleno de valor, me digo a mí mismo que aún no me rindo.

Nado con todas mis fuerzas, con la velocidad que acabo de adquirir. Estoy bastante cerca de la orilla cuando el tiburón decide atacar e intenta morderme la pierna. Reacciono rápido y lo pateo en el hocico, que creo es donde más le duele. Con ese impulso adicional, llego a la orilla más rápido. Mis padres me abrazan fuertemente. Vuelvo a casa realizado, sin miedo y sabiendo que no me rendí en ningún momento.

Thiago Ponce - 2do A



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