Dábamos una vuelta con mi familia por Guatemala, en un monumento natural llamado Semuc Champey. En el lugar, nos topamos con un bosque tropical. Había mucha humedad, y el clima estaba tan feo que parecía que iba a llover en cualquier momento.
Después de unos segundos, comenzó la lluvia.
Como había mucho barro y estábamos empapados, decidimos que lo mejor era irnos. Sin embargo, oímos un grito de auxilio a lo lejos. Cuando fuimos a investigar, descubrimos que se trataba de un quetzal que tenía un ala rota y estaba atrapado por una rama de un árbol.
Supongo que eso sucedió por las continuas lluvias.
En fin, aunque pudimos habernos ido, decidimos ayudar al pobre quetzal. Mi padre levantó la rama y mi madre, con mucho cuidado, sostuvo al ave. Mi hermano y yo estábamos muy felices de haber rescatado a un quetzal, sobre todo porque es una especie en peligro de extinción y, claro, por su notable herida.
Cuando estábamos a punto de partir, nos encontramos con que el sendero estaba completamente embarrado y parecía un lago profundo.
De pronto, vimos a lo lejos un helicóptero: ¡era un guardaparques!
Pronto gritamos pidiendo auxilio. Al principio, no parecía escucharnos, pero finalmente nos encontró. Le agradecimos mucho.
En el camino de vuelta en el helicóptero, le explicamos que habíamos rescatado a un quetzal y que su ala estaba gravemente herida.
Cuando el guardaparques nos dejó en el hotel, nos agradeció por haber ayudado a la pobre ave, y, a cambio, nos dio un permiso especial del parque para que pudiéramos visitarlo (ya sanado) en su nuevo hogar.

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