Todo comenzó una mañana fría de febrero, con mi familia decidimos ir a conocer el Cerro El Pital, En el salvador. Habíamos escuchado que en invierno, las temperatura en las montañas caían lo suficiente como para que hubiera una pequeña posibilidad de nieve, algo inusual en el país. La idea de ver nieve emocionaba a todos, pero también teníamos miedo de que el viaje fuera en vano, ya que sabíamos que era rara que nevara allí.
Con emoción y un poco de nervios, tomamos el avión por primera vez. Ninguno de nosotros estaba acostumbrado a volar, y mucho menos a lidiar con turbulencias. Poco después de despegar, el avión comenzó a sacudirse de forma inesperada. Las turbulencias fuertes tomaron a todos por sorpresa. Todos nos miramos con preocupación. El avión parecía subir y bajar en el aire, y cada sacudida los asustaba aún más. Nos agarramos fuertes a los reposabrazos, teníamos miedo pero sabíamos que las turbulencias eran normales, vivirlo en carne propia fue otra historia. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, las sacudidas cesaron, y el avión volvió a estabilizarse. Aliviados, aunque aún nerviosos pudimos relajarnos lo suficiente como para disfrutar del resto del vuelo.
Al aterrizar en El Salvador, una sensación de alivio y emoción nos invadió. Habíamos superado el primer reto de nuestro viajes y ahora, lo que más importaba era la próxima parte del viaje:el viaje al Cerro El Pital. Subimos a un auto y comenzamos a ascender por las montañas. El aire fresco y el paisaje nos hicieron olvidar las tensiones del vuelo, mientras las expectativas de ver nieve crecían con cada kilómetro recorrido
Al llegar al cerro, fuimos recibido por un paisaje imponente. Aunque no había nieve, las montañas y el frío nos ofrecieron una experiencia que valía la pena. Disfrutamos de caminatas por los senderos rodeados de pinos y el aroma de tierra humeda, mientras nos unía más con cada paso.
Al final, aunque no vimos nieve, comprendimos que lo más importante había sido el viaje juntos, el desafío superado y los recuerdos creados en ese rincón del Salvador. Regresamos a la casa sabiendo que, aunque el avión había sido aterrador y la nieve no se hizo presente, la verdadera magia del viaje había estado en el tiempo compartido como familia.
Lionel Gómez - 2do B

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